Envejecimiento: Preocupación creciente
para el nuevo milenio
Desde el mismo principio de la civilización,
las diferentes culturas que han poblado la
tierra se han visto atraídas por el fenómeno
del envejecimiento. Por un lado, el
reconocimiento de la sabiduría y experiencia
que adquiere el ser humano con el transcurso
de los años, hace que muchos pueblos hayan
dado al anciano un papel indiscutible de
liderazgo dentro de la sociedad. Por otro,
también han sido reconocidos los cambios
fisiológicos del envejecimiento, que llevan a
que la persona tenga una mayor propensión a
desarrollar ciertas enfermedades, pierda en
forma gradual algunas de sus facultades de la
juventud y, como consecuencia final presente
un mayor riesgo de morir. Las exigencias de la
tecnología moderna, algunas de las cuales
requieren a plenitud de las destrezas motoras
y de coordinación del ser humano, hacen que el
viejo encuentre en ellas nuevas limitaciones y
peligros. Estudios paralelos llevados a cabo
en los estados de California y Maryland, en
Estados Unidos, demuestran que las personas
entre 65 y 74 años de edad que aún conducen
sus vehículos tienen un riesgo mayor de estar
involucrados en accidentes debido a la
disminución del campo visual, alta incidencia
de cataratas y déficits cognoscitivos.
Circunstancias como éstas han llevado a que
una proporción de la población anciana se haya
convertido en un grupo marginal, discriminado
y lejos de los privilegios que pueden
disfrutar los más jóvenes.
La vejez y sus consecuencias son entonces a la
vez temidas y veneradas. Así lo demuestra el
relato de la mitología griega en el que la
diosa Aurora, hija de Zeus, le pide a su padre
que conceda la inmortalidad a su esposo
Tithonós. Olvidó sin embargo, solicitar
también para él la eterna juventud, razón por
la cual, al ser concedido el deseo, Tithonós
envejeció normalmente con el paso de los años,
convirtiéndose en un anciano decrépito, sin
fuerzas ni razón, y sin la posibilidad de
morir para dar término a su existencia.
El
envejecimiento de la población mundial
El dilema planteado en este pasaje de la
mitología, cobra hoy una importancia singular
ante el fenómeno del envejecimiento progresivo
de la población mundial.
Aunque por obvias razones, la expectativa de
vida al nacer varía de manera sustancial
dependiendo del grado de desarrollo de cada
uno de los países del globo terráqueo, la
tendencia al incremento es una constante en
cada uno de ellos. Para aquellas naciones en
donde existen estadísticas confiables, las
proyecciones indican que la proporción de
personas ancianas puede llegar a 20% corridas
apenas las dos primeras décadas del nuevo
siglo (tabla 1).
Las razones para esta tendencia a la
longevidad son muchas e incluyen, entre otras,
el mejor control de algunas enfermedades
crónicas, los avances en medicina preventiva y
salud ocupacional, el manejo adecuado de
muchas enfermedades infecciosas y las nuevas
técnicas médicas y quirúrgicas para el
tratamiento del trauma. Las condiciones de
salubridad como el manejo adecuado de
alimentos y la mayor disponibilidad de agua
potable entre la población mundial, también
juegan un importante papel en el aumento de la
expectativa de vida del hombre.
Las consecuencias de estos cambios ya se han
hecho sentir en los sistemas de salud de
muchos países, debido a que la atención médica
del paciente anciano implica cambios
estructurales en los mismos para revertir las
tendencias hacia la discriminación habitual en
este grupo de pacientes. Sobre el particular,
la doctora Ann Bowling del Royal Free and
University College, en Londres, Reino
Unido, publicó un estudio en el que demuestra
claramente que la edad cronológica es con
frecuencia el único factor que los médicos
tienen en cuenta a la hora de no realizar un
procedimiento o conducta a pesar de estar
indicados. La revascularización, la
angioplastia y la implantación de dispositivos
intracoronarios son los ejemplos más
sobresalientes en el campo de la cardiología,
una de las especialidades en donde es más
evidente dicha discriminación, pero en otras
áreas de la medicina también es frecuente ver
que el paciente anciano no reciba el mismo
tratamiento que una persona joven con un
cuadro similar.
La solución a estos problemas debe comenzar
desde medidas, sencillas en apariencia, como
la inclusión de personas mayores en los
estudios clínicos que evalúan la efectividad
de nuevos procedimientos o medicamentos.
No obstante, cualquier modificación que haga
cada sistema de salud tiene que contar con una
mayor destinación de recursos económicos si se
quiere lograr el objetivo de brindar una
adecuada atención.
La sociedad en general debe reconocer que el
envejecimiento de una gran proporción de sus
miembros la afecta como un todo y no es un
fenómeno que concierna sólo a los mayores.
Estudios en Gran Bretaña han puesto de
presente cómo el envejecimiento de la
población afecta a los niños de esta sociedad,
en donde los padres son cada vez mayores
cuando deciden procrear, dando lugar a cambios
significativos en las relaciones
interpersonales entre hijos, padres y abuelos
pues la brecha generacional se hace cada vez
más grande.
Eventos celulares en
el envejecimiento
Otra manera de afrontar mejor el
envejecimiento es el desarrollo de nuevas
técnicas y tratamientos para las enfermedades
más comunes en la tercera edad. De todas
maneras, la búsqueda de ese objetivo no ha
logrado detener el proceso como tal, a pesar
de los esfuerzos infructuosos de muchas
culturas para hallar la fuente de la eterna
juventud.
Entendiendo que el primer paso para un logro
de tal magnitud es el conocimiento pleno de
los cambios implícitos del envejecer, los
científicos de finales del siglo XX han dado
los primeros pasos firmes para entender el
desarrollo del proceso desde el nivel celular
en adelante.
Una de las más reconocidas y mejor estudiadas
variaciones que tienen lugar en la célula es
el acortamiento de los telómeros, estructuras
que protegen las terminaciones de los
cromosomas eucarióticos, evitando que ocurran
fusiones entre ellos o que el material
genético almacenado pueda recombinarse de
manera inapropiada. A medida que van
ocurriendo divisiones celulares sucesivas, el
telómero va acortándose de manera progresiva
hasta casi desaparecer, alcanzando la célula
un estado denominado senescencia, en el que la
capacidad de dividirse y otras de sus
funciones metabólicas se pierden (figura 2).
Figura 2.
Después de cada división celular, el telómero
de los cromosomas se acorta hasta casi
desaparecer, llegando la célula al estado
denominado de senescencia.
Por su parte, la telomerasa es una
ribonucleoproteína enzimática que cataliza la
adición de segmentos de ácido
desoxirribonucleico (ADN) a los telómeros y,
de esta manera, asegura la conservación de su
longitud, hecho que permite la replicación
indefinida de las células y les confiere
inmortalidad. Dicha enzima, que está presente
en las células germinales y casi ausente en
los tejidos adultos, muestra una actividad
incrementada en casi todos los tumores
humanos.
Investigaciones recientes, encabezadas por el
doctor Scott J. Diede del Departamento de
Patología de la Universidad de Chicago, en
Estados Unidos, han demostrado que además de
telomerasa, otras enzimas como ADN primasa y
las ADN polimerasas a y d son necesarias para
conservar la longitud del telómero o adicionar
a él nuevo material genético con miras a
reconstruirlo, con el objeto de detener o
revertir el proceso de envejecimiento celular.
El mecanismo genético que controla el fenómeno
de acortamiento telomérico aún no ha sido
esclarecido del todo pero ya se conocen
algunos aspectos que pueden llevar a
descifrarlo. La doctora Judith Campisi, al
frente de un equipo de investigación del
Departamento de Biología Celular y Molecular
de la Universidad de Berkeley, en Estados
Unidos, publicó en diciembre de 1999 los
resultados de una investigación que concluyó
que el gen TIN2 codifica la síntesis de una
proteína del mismo nombre, la cual se une a
TRF1, proteína presente en los telómeros. El
efecto de esta unión es un cambio en la
estructura del telómero que hace que los
sitios de unión de telomerasa no sean
accesibles a la enzima. La consecuencia
directa de este cambio es que telomerasa no
puede ejercer su acción de conservar la
longitud telomérica y la estructura se va
acortando entonces con cada división celular (figura
3). La presencia del gen TIN2 fue
detectada en células de levaduras, ratones y
múltiples tejidos humanos.
Figura 3.
La unión de la proteína TIN2, codificada por el
gen del mismo nombre a la proteína telomérica
TRF1, ocasione un cambio en la estructura del
telómero que hace que la enzima telomerasa no
pueda ejercer su acción de restaurar la longitud
del mismo después de la división celular.
Sólo mediante nuevos estudios clínicos será
posible solucionar tales interrogantes. Por
fortuna, ya están en curso otros ensayos clínicos
a gran escala, cuyos resultados serán publicados
en los próximos años.
Conclusiones
A pesar de la intensa investigación en el tema,
todavía no existe ningún tratamiento curativo para
la enfermedad de Alzheimer. Entre los medicamentos
sintomáticos, los inhibidores de
acetilcolinesterasa parecen ser los más efectivos,
aun cuando los beneficios aportados son modestos.
En cuanto a las manifestaciones psiquiátricas y
los trastornos del comportamiento que acompañan al
síndrome, se encuentra disponible un amplio
arsenal terapéutico, que debe ser elegido de
acuerdo con cada caso en particular. Por último,
sigue viva la controversia en torno al papel de
los estrógenos, por lo menos hasta que salgan los
resultados de nuevos estudios clínicos en curso.