Notas:
La longevidad se lleva en los genes
  

Se podría compartir una predisposición hereditaria a vivir por encima de los 90 ó 100 años.

Por Matías Loewy, editor  

Si algún miembro directo de la familia (padre o abuelo) llegó a los cien años, puede ir descorchando una botella de champán: las posibilidades de que usted también sople por lo menos 90 velitas aumentan hasta cuatro veces. Así lo sugieren distintos estudios liderados por Thomas Perls, profesor asistente de medicina en la Escuela Médica de Harvard, Estados Unidos, y director del “New England Centenarian Study”, que analiza la evolución psicosocial de casi todas las personas mayores de 100 años que viven en el área de Boston.

“La probabilidad de alcanzar la expectativa promedio de vida de cada país, por ejemplo 75 años, depende sólo un tercio del ADN y el resto de factores ambientales”, señala a Salutia Perls. “Pero si uno vive 25 ó 30 años más allá de esa edad, la mayoría de ellos en buena salud, el peso relativo de la influencia genética aumenta en forma considerable”.

Familias centenarias

El último trabajo de Perls, publicado en la edición de noviembre del Journal of the American Geriatrics Society, examinó el árbol genealógico de cuatro familias cuyos miembros vivían regularmente más de 90 años.

En una de las familias analizadas había cinco hermanos que vivieron más de 100 años en el siglo XIX, cuando la expectativa promedio de vida apenas rondaba los 40 ó 50. En otra, la mitad de los 46 miembros de una generación murieron a edades comprendidas entre los 90 y 106 años.

Los investigadores sugieren que estas familias aportan una nueva evidencia de la importancia de los genes para lograr una longevidad excepcional.

Otros estudios también sugieren que las mujeres ejercerían una influencia mayor a la de los hombres con relación a los años que pueden llegar a vivir sus hijos. Un tratado popular del siglo XVIII recomienda, para llegar a viejo, “que las madres provengan de una raza en la que las octogenarias y nonagenarias sean un fenómeno muy frecuente”.

En 1992, un análisis del estudio epidemiológico Framingham reveló que la longevidad está más asociada a la edad de muerte de las madres que a la de los padres, aunque los datos están referidos solamente a los decesos de causa cardiovascular. El año pasado científicos japoneses especularon que el mayor impacto femenino podría asignarse a algún factor que aumenta la vulnerabilidad de las mitocondrias (órganos celulares que sólo se transmiten por vía materna), pero todavía no hay certezas al respecto.

En cualquier caso, todavía no se conocen los genes que están involucrados en digitar un destino de Matusalén. Si se lograran identificar, podrían manipularse por terapia genética o mediante fármacos para extender el paso de uno sobre la tierra. “Las personas que llegan a los 100 años derriban el mito de que mientras más viejo, más enfermo”, sostiene Perls.

Fuente: Diario Médico
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