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Dentro del grupo de
enfermedades neurodegenerativas, es decir,
aquellas que destruyen progresiva y selectivamente
a un conjunto determinado de células nerviosas, la
enfermedad de Parkinson “es la que registra
mayores avances en su tratamiento”, dijo Oscar
Gershanik, director del Laboratorio de Parkinson
Experimental que depende del Conicet.
Hoy por hoy ya no se puede hablar de la enfermedad
(que provoca alteraciones en el movimiento como
lentitud, torpeza y temblor) sino de las
enfermedades, puesto que en la actualidad se
cuenta con el descubrimiento de 11 formas
genéticamente determinadas de Parkinson,
denominadas con las siglas Park I hasta Park XI,
que se manifiestan todas por síntomas idénticos
pero cuya su base genética y el mecanismo
productor de la patología difiere una de otra.
El concepto más contundente que aplican los
investigadores sobre su génesis, es la interacción
del factor genético predisponente más factores
ambientales, “pero no sólo los que se generan en
el medio ambiente sino también los que se
encuentran en el metabolismo celular –explica el
neurólogo–. Cuando existe una población fallada de
células en una persona, comúnmente por factores
genéticos, los propios procesos de desgaste
metabólicos jugarán en detrimento de la vida de la
neurona. Pierde la vitalidad y deja de funcionar
y, por ende, se producirá la enfermedad”.
Hasta el momento, “sólo se ha logrado explicar un
porcentaje reducido de todas las formas de la
enfermedad, no más de un 20 por ciento –dice
Gershanik–. Pero, gracias al desarrollo enorme que
tiene el conocimiento de la genética molecular, en
el futuro se podría determinar que todos los
casos, no sólo los precoces que advienen antes de
los 40 años, tienen una base genética”.
Nuevos estudios
Hoy, las estrategias terapéuticas no buscan sólo
aliviar los síntomas, con drogas potentes pero que
tengan menor cantidad de efectos colaterales, sino
prevenir la progresión de la enfermedad. “El
paradigma de los tratamientos ha cambiado –dice el
investigador–, se busca detectar lo más temprano
posible la enfermedad para detener su progresión”.
El primero se realizó sobre pacientes con
diagnóstico reciente que, por la levedad de su
sintomatología, no requerían tratamientos
sintomáticos.
“Se les administró una vitamina antioxidante en
altas dosis y compararon los resultados con una
población de pacientes que habían recibido
placebos”, comenta. Los pacientes que habían
recibido la vitamina detuvieron su progreso un 50
por ciento, “es la primera vez que se puede
demostrar que una medicación actúa sobre el
mecanismo patológico de la enfermedad”, dice.
El segundo estudio se hizo en Gran Bretaña sobre
pacientes que estaban en un estadio avanzado de la
enfermedad. “Se les inyectó, durante un año, una
sustancia denominada neurotrophico que normalmente
produce el organismo y sirve para el crecimiento
de las neuronas en las etapas de desarrollo, con
el objetivo de recuperar gran parte de las
neuronas que se creen que están enfermas”.
Las personas tienen alrededor de 400 mil neuronas
dopaminérgicas cuando nacen. Alrededor de los 60
años se pierden el 50 por ciento que el propio
organismo puede compensar. Pero, cuando se pierde
más del 70 por ciento –caso de los enfermos de
Parkinson– el cuerpo es incapaz de sustituirlas.
“La hipótesis que manejamos es que, no
necesariamente tuvieron que morir el 70 por ciento
de las neuronas. El 20 por ciento pueden estar
enfermas y no funcionar bien. Hace muy poco se
demostró que, al utilizar uno de los factores
neurotrophicos, el Glial Derived Neurotrophic
Factor (GDNF), se pudo rescatar y revitalizar ese
porcentaje. Y, de esta manera, retrotraer la
enfermedad a un estadio evolutivo más precoz y
benigno”, finaliza el especialista.
Fuente: La Voz del Interior |