Notas:
Detectan con PET 'in vivo' cambios cerebrales asociados al Parkinson
  

Investigadores estadounidenses han comunicado en la Reunión Anual de la Academia Americana de Neurología, que se celebra en Honolulú (Hawai), la detección de cambios en las regiones cerebrales locus ceruleus y rafe de pacientes vivos con enfermedad de Parkinson. Asimismo, otro equipo de la Universidad de Emory ha presentado una nueva terapia celular que mejora la calidad de vida y la función motora en estos pacientes.

La tomografía por emisión de positrones (PET) ha permitido, por primera vez, identificar cambios en pequeñas regiones cerebrales de pacientes vivos con enfermedad de Parkinson (EP). El hallazgo, realizado por un equipo de neurólogos de la Universidad de Pittsburgh, en Pensilvania (Estados Unidos), ha sido presentado durante la Reunión Anual de la Academia Americana de Neurología, que se celebra en Honolulú (Hawai).

El equipo de Robert Y. Moore, profesor de Neurología en Pittsburgh, analizó los resultados de las PET de 41 pacientes con EP y de 16 sujetos sanos tratados en el Hospital Hammersmith, perteneciente al Imperial College de Londres (Reino Unido). Los escáneres se centraban en dos pequeñas y profundas áreas del cerebro denominadas locus ceruleus y rafe. Estas áreas se encargan del control de la atención y estado de vigilia.

El análisis encontró evidencia de degeneración de las células nerviosas en estas regiones. "Por primera vez se han podido observar cambios en estas zonas, ya que hasta ahora sólo se habían visto estas modificaciones en los análisis post morten", ha confirmado Moore.

Las implicaciones de este hallazgo son enormes porque permitirán un mejor entendimiento de la progresión y tratamiento de la EP. "La PET va a ayudarnos a desarrollar métodos que permitan un diagnóstico más temprano del Parkinson, incluso en etapas asintomáticas de la enfermedad", ha confirmado Moore.

Por otro lado, otro de los estudios presentados durante la reunión de Honolulú por investigadores de la Universidad de Emory, en Atlanta (Georgia), ha demostrado que una terapia celular quirúrgica en fase experimental mejora los signos y síntomas de la enfermedad de Parkinson avanzada. El equipo, coordinado por el profesor de Neurología Ray L. Watts, implantó células epiteliales pigmentosas retinianas (RPE, en sus siglas inglesas) adheridas a microvehículos en el cerebro de seis pacientes con EP avanzada.

En esta estrategia, los microvehículos son necesarios para que las células sobrevivan después del implante y suponen la base de esta nueva técnica. Concretamente, se utilizaron partículas microscópicas de gelatina que al unirse a las células RPE conformaron un nuevo producto celular denominado Spheramine.

Previo a su adhesión a los microvehículos, las células RPE, que suelen encontrarse en la parte posterior del ojo, se cultivaron bajo condiciones estándar para que generaran el número de células necesarias para el implante. Las RPE proporcionan una fuente adicional de producción de dopamina, un neurotransmisor que se encuentra en cantidades deficientes en los pacientes con EP.

Mejoras
Según los resultados del ensayo clínico tras dos años de seguimiento, los participantes experimentaron una mejora del 41 por ciento de media en la función motora cuando dejaron otros tratamientos y un 39 por ciento en las medidas de calidad de vida. Watts ha comentado que "esta técnica puede suponer una alternativa para pacientes en los que la eficacia de la medicación actual tiende a fluctuar después de una década de terapia". Actualmente, acaba de iniciarse un estudio en fase IIb contra placebo.

El riesgo de la fruta
Un estudio longitudinal ha encontrado una correlación entre el consumo elevado de fruta y el riesgo de enfermedad de Parkinson (EP), según se ha presentado en la Reunión Anual de la Academia Americana de Neurología. El equipo de Andrew Grandinetti, de la Universidad de Hawai, en Samoa, ha demostrado en un análisis con más de 8.000 sujetos sin EP en el momento del reclutamiento y 34 años de seguimiento que un mayor consumo de fruta predice un incremento en el riesgo de EP, después de realizar un ajuste para los factores de riesgo conocidos. El mayor riesgo podría deberse a las toxinas, pesticidas o herbicidas utilizadas en la cosecha, más que en la fruta, cuyo consumo sigue siendo clave para prevenir otras enfermedades crónicas. 

Fuente: Diario Médico
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