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Por Pedro Lipcovich
La Argentina sufre de
envejecimiento acelerado. Este mal –que
puede ser literalmente cierto para muchos de
sus agobiados habitantes– se desprende de
los datos demográficos: según una
especialista, “ante la crisis, la gente
tiene menos hijos y la baja en la natalidad
lleva al aumento en la proporción de
ancianos”. Esta situación debe incluirse en
un envejecimiento que es global: la Segunda
Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento
–que las Naciones Unidas efectuarán desde el
lunes en Madrid– se centrará en “el
envejecimiento que afecta a los países en
desarrollo”: éstos deben afrontar en pocos
años, y con escasos recursos, un proceso que
los países desarrollados tuvieron siglos
para encarar. Los 629 millones de mayores de
60 que hay en el mundo llegarán a 2000
millones en el 2050, cuando, por primera vez
en la historia, esta población superará al
total de menores de 15. La Argentina,
también en esto, se anota como clase media
en descenso: su proceso de envejecimiento
fue más lento y parecido al de los países
desarrollados, pero hoy sufre la caída de
los sistemas de previsión y atención que
harían más falta que nunca.
“La Argentina y
Uruguay son los países de América latina
donde más avanzado está el envejecimiento,
porque son los que más temprano, hacia 1890,
empezaron a restringir el tamaño de la
familia. Pero este proceso se aceleró en la
última década: si bien todavía faltan
procesar los datos del censo de 2001, es un
hecho que el total de población, de unos
37,5 millones, resultó inferior a los 36
millones que se esperaban. A mi juicio, gran
parte de esta diferencia se debe a una
brusca caída de la natalidad”, observó
Susana Torrado, profesora de demografía en
la UBA. Los nacimientos cayeron porque “ante
una crisis económica y social como la que
vivimos, un país que ya sabe regular su
fecundidad responde reduciendo la natalidad,
lo cual acelera el proceso de
envejecimiento”.
Se llama
envejecimiento de una población al aumento
en el porcentaje de personas por encima de
los 60 años (límite que fijan las Naciones
Unidas; en la Argentina, el Indec toma los
65). Desde el siglo XVIII en Europa
occidental, y desde mediados del XIX en la
Argentina, se produjo “un proceso de
transición demográfica: por efectos de la
ciencia, al mejorar la infraestructura
urbana, las condiciones de vida y la
atención médica y propiciarse el control de
la natalidad, descendieron, primero la tasa
de mortalidad y después la de natalidad”,
precisó Torrado en una reunión informativa
de la Segunda Asamblea Mundial sobre el
Envejecimiento.
El propósito de la
Asamblea es “analizar y aprobar acciones
para hacer frente al envejecimiento en los
países en desarrollo”. La Primera Asamblea,
en 1982, tenía los mismos objetivos pero
para los desarrollados, y esta diferencia
marca el cambio que se produjo desde
entonces.
Se trata de lo que las
Naciones Unidas ya anuncian como “un
terremoto demográfico”. La población mundial
de personas de 60 y más años es hoy de 629
millones, casi el 13 por ciento del total;
para 2050 llegará a 2000 millones, un tercio
de la humanidad: “Por primera vez en la
historia, la cantidad de mayores de 60
superará a la de niños de entre 0 y 14”,
prevé la ONU. En Europa occidental, este
pasaje sucedió ya en 1998.
Pero en el mundo en
desarrollo este cambio es vertiginoso. En
Francia, hicieron falta 115 años, desde 1865
a 1980, para que la proporción de personas
de edad pasara del 7 al 17 por ciento. En
China se prevé que la población de mayores
de 60 pasará del 10 al 20 por ciento entre
2000 y 2027. En Colombia, Tailandia, Malasia
y Ghana, el ritmo de aumento de personas de
edad será entre 7 y 8 veces superior al de
Gran Bretaña o Suecia. Así, los servicios de
salud deberán expandirse y especializarse en
enfermedades de la vejez, como las
cardiovasculares y el cáncer. Y la seguridad
social deberá atender, y debería integrar, a
cada vez más personas que ya no trabajan.
En la Argentina,
puntualizó Torrado, “los factores
demográficos son fuertemente afectados por
las políticas públicas: el descalabro de los
sistemas jubilatorio y de previsión social
llevó a que la proporción deancianos en
relación con la población activa sea muy
alto. Incide también el aumento del trabajo
‘en negro’, que no aporta al sistema
jubilatorio. El descenso del salario real en
la última década hizo caer los aportes a las
cajas, cuyos fondos por lo demás se
desviaron al déficit fiscal”.
En la misma reunión,
el psicoanalista Miguel Leivi, secretario
científico de la Asociación Psicoanalítica
de Buenos Aires (APdeBA), comentó que “el
problema más frecuente en la vejez son las
depresiones, que muchas veces aparecen como
enfermedades orgánicas: por eso, la presión
sobre los servicios de salud bajaría si la
sociedad, en vez de dejar que los ancianos
‘se caigan del mapa’, les ofreciera
posibilidades de inserción”
Fuente: Diario Página 12
www.pagina12.com.ar
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