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La culpa:
La simple palabra geriátrico nos remite a una
imagen negativa tan fuertemente arraigada en
nosotros, que no podemos imaginar a estos
lugares como lo que realmente son. Veamos:
cuando uno piensa en un geriátrico, piensa en:
-
Un depósito de
ancianos.
-
Habitaciones
antiguas atiborradas de ancianos
hipermedicados.
-
Personas con la
mirada ausente sentadas frente a la mesa o a
la TV.
-
Un lugar lúgubre
y cerrado con olores fuertes y desagradables.
-
Un lugar de
encierro o castigo.
Cualquier
identificación que usted sienta con cualquiera
de estos aspectos, ha por cierto de
ocasionarle algún tipo de culpa. Sabemos
también que las fantasías negativas son solo
eso, fantasías, y que son tales porque no son
realidad.
Piense en un geriátrico como en una casa, un
lugar donde vivir. Piense ahora qué puede
brindarle un geriátrico a su ser querido:
-
Una nueva
residencia.
-
Nuevas
relaciones, con pares con los que compartiría
viejas y nuevas experiencias.
-
Actividades
recreativas.
-
Contención por
parte de personal entrenado y experto.
-
Rehabilitación.
-
Asistencia
permanente.
-
Control médico
Ahora bien, qué podemos ofrecerle nosotros a
nuestro familiar en un geriátrico:
-
Nuestro interés
es su bienestar y sus salud, controlando la
gestión de quienes lo atienden.
-
Nuestro cariño.
-
Nuestras
visitas.
-
Nuestra
compañía.
-
Nuestro tiempo,
dispuesto en el momento de la visita sólo para
él o ella.
-
La presencia de
sus nietos.
-
La alegría de
las noticias familiares.
-
Su postre o
comida preferida.
-
La visita de
otros familiares queridos.
-
La visita de sus
amigos.
-
Una invitación a
salir y a compartir una actividad o paseo
fuera de la institución.
-
Estar juntos en
las fiestas.
-
Una invitación a
compartir una reunión en casa, todos juntos.
-
El respeto por
sus derechos y su integridad.
-
Un lugar de
descanso y esparcimiento.
-
Un tiempo y una
dedicación que nuestras obligaciones
cotidianas quizás no siempre nos permiten
brindarle.
-
Un hogar
confortable, acogedor, donde él o ella puedan
manejarse con sus propios tiempos.
Los prejuicios existen en la sociedad y
también en nosotros. Uno de estos es que las
personas deberían envejecer y terminar sus
días en la casa familiar. Cuando esto no es
posible, aparecen sentimientos de culpa, dolor
y remordimiento. Hay sensaciones de abandono y
desarraigo. Tenemos la sensación de estar
fallándole a nuestros padres y a la vez
tememos que nuestros hijos hagan lo mismo con
nosotros. Pero seamos honestos y realistas:
¿Hasta dónde llega nuestra capacidad de
contención? ¿Puedo hoy y ahora satisfacer a mi
ser querido en lo que él o ella necesita?
¿Puedo mantener los lazos afectivos en una
convivencia teñida de dificultades y
agotamiento donde a diario me veo sobrepasado
por el stress?
Lo que hoy sabemos es que, de continuar la
relación en los términos conocidos, lo único
que lograremos es ver quebrarse a nuestra
familia, deteriorarse a nuestro matrimonio,
veremos cómo poco a poco nuestros hijos
rechazarán a sus abuelos. ¿Es esto lo que
queremos para todos nosotros?
Estimemos con honestidad las consecuencias de
la sobre exigencia y llegaremos a la
conclusión de que el geriátrico será el lugar
donde el anciano va a ser atendido de acuerdo
a sus requerimientos, donde tendrá un lugar
cómodo para vivir y su quehacer cotidiano
estará facilitado por cuidadores entrenados
para tal efecto, y entonces es seguro que
quedará en manos de la familia una capacidad
intacta: la de dar afecto, la de continuar la
relación en mejores términos, porque estaremos
liberados de aquellos esfuerzos que excedían
la mejor de nuestras disposiciones. |